La CNEA informó que el país cuenta con recursos de uranio identificados y recuperables a costos competitivos en siete proyectos ubicados en Mendoza, Chubut, Río Negro y Salta.
28 de agosto de 2026
La CNEA informó que el país cuenta con recursos de uranio identificados y recuperables a costos competitivos en siete proyectos ubicados en Mendoza, Chubut, Río Negro y Salta.

La Argentina cuenta con 33.650 toneladas de uranio identificadas y recuperables a un costo de producción competitivo (inferior a los US$ 130 por kilogramo de uranio), según información difundida en la red social X por la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA). El organismo volvió a poner en foco el potencial uranífero del país, en un momento en que el desarrollo de nuevos proyectos nucleares está revalorizando la importancia de contar con recursos propios para abastecer el ciclo de combustible.
El volumen está distribuido en siete proyectos mineros localizados en cuatro provincias: Mendoza, Chubut, Río Negro y Salta, de acuerdo con los datos difundidos por la CNEA.
La cifra no implica que esas 33.650 toneladas estén actualmente en producción. Se trata de recursos identificados y recuperables que, para transformarse en reservas efectivamente explotables, requieren superar distintas etapas de evaluación, incluyendo la factibilidad técnica y la viabilidad socioambiental. La propia información oficial señala que, si esos recursos alcanzaran las condiciones necesarias para su producción, podrían cubrir el suministro doméstico destinado a la generación nucleoeléctrica actual y de los próximos años.
En cuanto a las cantidades por proyecto, Mendoza encabeza la lista gracias a Sierra Pintada, con unas 10.010 toneladas de uranio identificadas. El complejo ubicado en San Rafael es uno de los proyectos históricos de la minería de uranio argentina y actualmente se encuentra en el centro de los planes para recuperar la actividad del sector.

En Chubut se encuentran varios proyectos de relevancia. Cerro Solo concentra unas 8.180 toneladas, mientras que Meseta Central suma aproximadamente 5.290 toneladas. También aparecen Laguna Salada, con 2.980 toneladas, y Laguna Colorada, con 160 toneladas.
En Río Negro, el proyecto Amarillo Grande registra unas 6.600 toneladas, mientras que en Salta, Don Otto suma otras 430 toneladas. En conjunto, estos siete proyectos explican las 33.650 toneladas de recursos identificados y recuperables que la CNEA puso ahora nuevamente en agenda.
El dato adquiere especial relevancia porque Argentina cuenta con una infraestructura nuclear desarrollada y actualmente opera tres centrales nucleares, pero durante las últimas décadas tuvo que recurrir a la importación de uranio para abastecer parte de las necesidades de su ciclo de combustible.
El desafío consiste ahora en transformar los recursos geológicos identificados en producción efectiva. Para ello no alcanza con conocer la cantidad de mineral disponible. También deben determinarse las características de cada depósito, sus costos de extracción y procesamiento, las condiciones ambientales, la infraestructura necesaria y la viabilidad económica de los proyectos.

En ese sentido, la CNEA lleva adelante tareas de exploración que incluyen estudios geológicos, relevamientos radiométricos, prospecciones geoquímicas y perforaciones, destinadas a ampliar el conocimiento sobre los depósitos y evaluar su potencial productivo.
La energía nuclear atraviesa una etapa de expansión en distintos mercados, impulsada por la necesidad de contar con generación eléctrica firme y bajas emisiones, mientras varios países anuncian nuevos reactores, extensiones de vida de centrales existentes y programas de pequeños reactores modulares.
Ese escenario también volvió a colocar al uranio como un mineral estratégico y mejoró las perspectivas para proyectos que durante años permanecieron sin desarrollo. Un informe reciente de la Agencia de noticias EFE señaló que Argentina tiene una cartera mucho más amplia de iniciativas: 21 proyectos de minería de uranio, 14 de ellos activos, distribuidos en Chubut, Mendoza, Neuquén, Río Negro, Salta y Santa Cruz.
Dentro de esa cartera aparecen proyectos en distintas etapas, desde áreas de exploración hasta yacimientos con antecedentes de estudios y trabajos mineros. Entre los proyectos que pueden adquirir mayor relevancia dentro de una eventual estrategia de recuperación de la producción nacional se encuentran Sierra Pintada y Cerro Solo, ambos vinculados a la CNEA.
Sierra Pintada, en Mendoza, es particularmente relevante por su volumen de recursos y por la infraestructura asociada a las actividades mineras realizadas históricamente en el complejo. Cerro Solo, en Chubut, constituye otro de los principales depósitos identificados por el organismo.

El desarrollo de ambos proyectos, sin embargo, depende de decisiones técnicas, regulatorias, ambientales y económicas que exceden la mera existencia del recurso. En paralelo, empresas privadas también comenzaron a mostrar un renovado interés por la exploración uranífera argentina. Entre ellas se encuentran compañías como Blue Sky Uranium, que desarrolla Amarillo Grande en Río Negro, y Jaguar Uranium, vinculada al proyecto Laguna Salada en Chubut.
La principal consecuencia estratégica de contar con recursos propios sería reducir la dependencia externa para el abastecimiento del combustible utilizado por las centrales nucleares argentinas. Pero el potencial podría ser mayor si parte de los recursos identificados llegara efectivamente a producción y la industria pudiera desarrollar una escala suficiente. La CNEA sostiene que, además de fortalecer el abastecimiento de las centrales argentinas, el desarrollo de los recursos uraníferos podría eventualmente generar saldos exportables.
Ese escenario permitiría insertar a la Argentina en una cadena internacional que no se limita a la generación eléctrica: el país posee capacidades desarrolladas durante décadas en distintas etapas del ciclo nuclear y busca aprovechar el renovado interés global por esta tecnología.
El desafío para la industria nuclear argentina será convertir ese recurso en una fuente concreta de combustible, inversión y actividad minera, en un contexto internacional que vuelve a colocar al uranio entre los insumos estratégicos de la transición energética.
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