El gobierno de Donald Trump dio un nuevo paso para avanzar con un acuerdo de cooperación nuclear civil con Arabia Saudita al remitir el pacto al Congreso de Estados Unidos, en una operación que combina intereses energéticos, comerciales y geopolíticos en Medio Oriente.

 

El acuerdo, alcanzado en julio y con una vigencia prevista de 30 años, habilitaría a empresas estadounidenses a exportar tecnología nuclear civil al reino saudita y abre la puerta a la construcción de reactores AP1000, desarrollados por Westinghouse. El proyecto podría representar inversiones por decenas de miles de millones de dólares.

 

Pero el componente energético no está separado de la agenda diplomática de Washington. La administración Trump sostiene que el acuerdo solamente avanzará si Arabia Saudita normaliza sus relaciones con Israel y se incorpora a los Acuerdos de Abraham.

 

La decisión de enviar el pacto al Congreso abre ahora un período de revisión legislativa de 90 días de sesiones. Si no se presenta una objeción formal durante ese plazo, el acuerdo podría entrar en vigor. En caso de que los legisladores lo rechacen, Trump tendría la posibilidad de vetar esa decisión, lo que obligaría a reunir una mayoría de dos tercios para superar el veto.

 

Reactores AP1000 de Westinghouse

 

La condición política fue confirmada por un funcionario de la administración estadounidense citado por agencias internacionales: el acuerdo solamente avanzará si Arabia Saudita se suma a los Acuerdos de Abraham, mediante los cuales Emiratos Árabes Unidos, Bahréin, Marruecos y Sudán establecieron relaciones con Israel entre 2020 y 2021.

 

El problema es que Riad mantiene una posición diferente. Arabia Saudita ha reclamado un camino irreversible hacia la creación de un Estado palestino como condición para reconocer a Israel, una postura que se endureció a partir de la guerra en Gaza.

 

Por eso, el acuerdo nuclear funciona también como una herramienta dentro de una negociación mucho más amplia entre Washington y Riad, ya que en términos energéticos, el pacto busca abrir un mercado de enorme escala para la industria nuclear estadounidense.

 

El acuerdo contempla la posibilidad de construir reactores AP1000, una tecnología de Westinghouse que ya fue adoptada en distintos proyectos internacionales. La compañía es propiedad conjunta de Cameco y Brookfield Asset Management, por lo que un eventual programa nuclear saudita también tendría impacto sobre la cadena industrial y financiera vinculada al reactor. 

 

Arabia Saudita busca desarrollar generación nuclear para cubrir parte de su creciente demanda eléctrica y, al mismo tiempo, liberar mayores cantidades de petróleo y gas para otros usos, incluido el mercado de exportación.

 

Pero el acuerdo generó opiniones contrarias respecto a uno de sus aspectos más controversiales: no establece una prohibición absoluta para que Arabia Saudita pueda desarrollar capacidades de enriquecimiento de uranio o reprocesamiento de combustible nuclear usado.

 

Reunión bilateral en la Casa Blanca entre el príncipe heredero de Arabia Saudita, Mohammed bin Salman, y el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump.

 

Ese punto diferencia al pacto del acuerdo firmado por Estados Unidos con Emiratos Árabes Unidos en 2009. Abu Dhabi aceptó entonces restricciones conocidas como el “gold standard”, que implican renunciar al enriquecimiento de uranio y al reprocesamiento de combustible nuclear. 

 

Especialistas en no proliferación y legisladores demócratas cuestionaron precisamente esa diferencia y advirtieron que permitir capacidades de enriquecimiento dentro de Arabia Saudita podría generar nuevos riesgos en una región donde el programa nuclear iraní continúa siendo uno de los principales focos de tensión internacional. 

 

La administración Trump sostiene, por su parte, que el acuerdo incorpora las medidas de no proliferación exigidas por la legislación estadounidense. 

 

El acuerdo representa, en definitiva, una apuesta de Estados Unidos por posicionar a su industria nuclear en uno de los mercados energéticos más importantes del Golfo.

 

El proyecto combina tres objetivos: exportar tecnología nuclear estadounidense, contribuir a la diversificación de la matriz energética saudita y utilizar la cooperación energética como herramienta de negociación geopolítica.

 

Pero su avance todavía enfrenta obstáculos. La revisión del Congreso deberá determinar si las condiciones de no proliferación son suficientes, mientras que la exigencia de normalización con Israel introduce una condición política que depende de negociaciones mucho más amplias.

 

Por ahora, Trump puso el acuerdo en manos del Congreso y dejó planteado un escenario en el que la futura expansión nuclear de Arabia Saudita queda vinculada no sólo al desarrollo de nuevos reactores, sino también a uno de los principales conflictos diplomáticos de Medio Oriente.